Desde antaño, en medio de la furia del robo y la sed de sangre, llegó a la conciencia de los hombres sabios que la raza humana sufría de una enfermedad que necesariamente la mantenía en un deterioro progresivo. Muchos indicios de la observación del hombre natural, así como tenues recuerdos medio legendarios, les habían hecho adivinar la naturaleza primigenia de este hombre, y que su estado actual es, por tanto, una degeneración. Un misterio envolvió a Pitágoras, el predicador del vegetarianismo; ningún filósofo desde él ha reflexionado sobre la esencia del mundo, sin recurrir a su enseñanza. Se fundaron agrupaciones silenciosas, alejadas de la agitación del mundo, para llevar a cabo esta doctrina como una santificación del pecado y la miseria. Entre los más pobres y alejados del mundo apareció el Salvador, no ya para enseñar el camino de la redención por medio de preceptos, sino del ejemplo; su propia carne y sangre las dio como última y más alta expiación por todo el pecado de la sangre derramada y la carne sacrificada, y ofreció a sus discípulos vino y pan para la comida de cada día: «Probad sólo esto, en memoria mía». … Tal vez la imposibilidad de conseguir que todos los profesantes observen continuamente esta ordenanza del Redentor y se abstengan por completo de alimentos de origen animal, pueda considerarse la causa esencial de la temprana decadencia de la religión cristiana como Iglesia cristiana. Pero admitir esa imposibilidad, es tanto como confesar la caída incontrolable de la propia raza humana.
RICHARD WAGNER


